Ciudadadano

Cómo se rebajó el lenguaje de la política, y cómo perdimos todos

Imagen 099Primera parada: los políticos y su lenguaje. En la lucha por el poder los políticos de todos los colores empezaron a acusarse unos a otros de corruptos, ladrones, mentirosos, incapaces, incumplidos, prepotentes y tramposos hasta que lograron que la sociedad los viera así ¡a todos!

Muchas veces sin pruebas y sin razón, estas acusaciones generalizadas acabaron por desprestigiar a toda la clase política, porque los políticos no se dieron cuenta que todos iban en el mismo barco.

Hoy, gracias a esa práctica de desprestigio generalizado, las palabras política y político son sinónimo de lo peor de la sociedad. Y sin darse cuenta del daño que se hacen todos, esta práctica se sigue ahondando.

Segunda parada: los medios de comunicación y su lenguaje. Ante el desprestigio de la política y los políticos los medios de comunicación pretendieron desmarcarse de quienes ejercen el poder y también le entraron a generalizar y a esparcir, muchas veces también sin pruebas, las porquerías que se aventaban unos políticos a otros.

Entonces los medios decidieron que su papel era ser el vehículo para la aspersión de la porquería de los políticos y se negaron a distinguir quienes eran los buenos y quienes eran los malos, quienes hacen las cosas bien y quienes no, que se hizo bien y que no; porque asumieron que su papel era evidenciar lo malo, porque lo bueno se podía confundir con publicidad.

Y en su afán de conseguir mantener las audiencias, que rápido se les van escapando, también se acusaron unos a otros de vendidos, comprometidos, chayoteros y aliados del poder, para tratar de distinguirse unos de otros.

Pero tampoco los medios se enteraron a tiempo que estaban arriba del mismo barco que la clase política y que al rebajar el lenguaje de la política y del periodismo también se estaban desprestigiando.

Hoy la relación de la sociedad con los medios de comunicación no es como estos últimos quieren seguirlo creyendo. Así como la sociedad desconfía de los políticos también lo hace con los medios pues cree que en su gran mayoría son “chayoteros”, “vendidos”, “aliados del poder”, “voceros del gobierno” y “tendenciosos”.

Tercera parada: los ciudadanos y su lenguaje. Pero el resto de los ciudadanos no se quedó atrás y también le entró al ejercicio del “todos contra todos” en cuestión de desprestigio.

Con sus propios medios de comunicación en las manos, las redes sociales, los ciudadanos “de a pie” no solo se dedicaron a linchar a los políticos y a los medios de comunicación (con razón o sin ella) sino que la emprendieron con todo aquel que se atreva a pensar diferente.

Basta que un ciudadano se exprese a favor o en contra de un político o un partido para que le caigan encima las agresiones verbales. Mínimo se le acusará, también sin pruebas, de “mantenido con nuestro dinero”, “rata”, “come lonches y frutsis”, “pejezombie”, “peñabot”, todo esto aderezado de las palabras más agresivas que estén a la mano del escribiente.

Con esto, los ciudadanos “de a pie” acabaron por completar el cuadro del desgaste del lenguaje político que ya habían empezado la clase política y los medios, pues en su intolerancia hacia quienes piensan diferente, gusto por el linchamiento, por la acusación sin pruebas y por el lenguaje agresivo y soez terminaron por desprestigiar también a sus pares, los otros ciudadanos.

Terminal, ¿sin retorno? Hoy el lenguaje político está en los suelos, el desprestigio que algunos pensaban que era exclusivo de la clase política ya alcanzó a los medios de comunicación y a los ciudadanos “de a pie”.

La intolerancia y la descalificación se impusieron al debate de las ideas y las razones, el linchamiento sustituye al razonamiento y el análisis de la información. En eso hemos participado todos y todos hemos perdido.

El barco del lenguaje político se hundió con todos arriba: políticos, periodistas y ciudadanos.

¿Hay marcha atrás?

La farsa de lo “ciudadano” y la necesidad de lo “político”

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Las crisis de imagen y credibilidad de los partidos políticos generan fuertes presiones sobre estos, para mejorarse y ponerse de nuevo al servicio de la sociedad, pero también generan fenómenos políticos que muchas veces no son mejores de lo que se quiere cambiar o rallan en lo grotesco.

En todas las sociedades, cuando hay crisis de imagen de los políticos y de los partidos, surgen políticos que se disfrazan de “ciudadanos” o de “independientes” para engañar a los electores y “deslindarse” de lo “político”.

También surgen “bravucones”, “entrones”, “hartos”, tipo Vicente Fox, El Bronco o Layín, además de payasos (literal), actores, actrices, deportistas y gente de la “sociedad civil” que se ofrecen para arreglar el “cochinero” de la política.

Llega a ser tanto el hartazgo de la sociedad hacia los políticos y los partidos, que una buena parte de la ciudadanía es seducida por estas expresiones de lo “ciudadano” hasta que se da cuenta de que éstas tienen los mismos o más vicios que los políticos y partidos tradicionales que querían combatir.

Vale la pena reflexionar sobre el movimiento de lo “ciudadano” y lo “independiente”:

1. La calidad de ciudadano es de orden jurídico y es aplicable a cualquier mexicano que haya cumplido los 18 años y tenga una forma de mantenerse dentro del marco legal.

Es decir, a partir de la mayoría de edad y mientras no se acredite que se viola la ley para mantenerse, cualquier mujer u hombre en nuestro país adquiere la categoría de ciudadano.

Por lo tanto no existe esa diferencia o separación que tramposamente hacen algunos entre ciudadanos, con los políticos o militantes de un partido. ¡Porque todos somos ciudadanos!

2. Vamos más allá. La Constitución consagra entre los derechos de todos los ciudadanos los de organizarse en partidos o asociaciones políticas para participar en los asuntos públicos y el de ser electos para los cargos de elección popular.

Así, podríamos decir que los militantes de un partido y quienes obtienen un cargo de elección popular no sólo son CIUDADANOS, como todos, sino que lo son ejerciendo más plenamente los derechos constitucionales que se nos otorgan a todos los mexicanos.

En concreto los políticos, los gobernantes y funcionarios públicos, los militantes y simpatizantes de los partidos son tan ciudadanos (¿o más?) como aquellos que deciden no participar directamente en la política activa o en el gobierno.

3. El término político se aplica a aquella persona que participa en los asuntos del estado y del gobierno, ya sea ejerciéndolo o aspirando a hacerlo.

Por lo tanto todos los que intervienen en un partido político, ya sea como dirigentes o candidatos, quienes ejercen un cargo de elección, quienes ostentan cargos directivos en los gobiernos y quienes buscan acceder al poder por la vía independiente encajan en la categoría de los políticos.

Quererse quitar el término de “político” no es solo un engaño sino que además contribuye a la confusión democrática y a frenar el mejoramiento de la política y de la cultura política.

4. Con todos las deficiencias que pueda tener, la democracia sigue siendo el mejor régimen político que los seres humanos hemos creado para resolver de una manera pacífica y razonable quienes nos deben gobernar.

La democracia sólo se puede construir con un sistema de partidos políticos, por lo tanto la apuesta ciudadana no debe ni puede ser la de acabar con los políticos ni con los partidos, sino la de presionar, exigir y contribuir para que haya mejores políticos y partidos.

Por otro lado, la vía de los independientes hay que entenderla como lo que es, un instrumento útil para que alguien que no desea participar por la vía de los partidos lo pueda hacer. Pero debemos tener claro, porque la historia de las democracias modernas así lo indica, que el alcance de los independientes es limitado, por el bajo número de ellos que alcanza a ganar las elecciones y por el alcance que llegan a tener desde el ejercicio del gobierno o de una representación legislativa.

Reitero, los mexicanos no necesitamos acabar con los partidos ni con los políticos, lo que necesitamos es exigir y contribuir a construir un mejor sistema político con mejores partidos y mejores políticos.

5. La política la deben hacer políticos profesionales, honestos y eficientes.

Los malos políticos y la improvisación en la política por políticos disfrazados de “ciudadanos” e “independientes” han contribuido a desprestigiar a la política. Pero los políticos (los buenos) son y seguirán siendo indispensables para construir una verdadera democracia.

La política y el gobierno no son tan sencillos como para dejárselos a improvisados, necesitamos políticos profesionales, que hagan carrera en la política en base a sus resultados.

La política y los políticos revertirán su mala imagen a partir de privilegiar la honestidad y no la corrupción como principio rector de su actuación.

Administrar eficientemente los recursos públicos y resolver realmente los problemas de la sociedad es otro factor necesario para recuperar la confianza ciudadana a la política y los políticos.