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Enrique Alfaro, el alcalde de Guadalajara, volvió a escenificar un enfrentamiento con un ciudadano en la inauguración de obras en la unidad deportiva José María Morelos.

Este incidente se suma a varios que ha sostenido cuando acude a supervisar o entregar obras y donde aparece algún vecino inconforme con las acciones u obras que emprende o deja de emprender o con la inseguridad pública que azota a la ciudad.

Incómodo con las críticas o con aquellos que en su legítimo derecho no están de acuerdo con él, de nueva cuenta la emprendió de manera agresiva y prepotente con este vecino, apoyado por elementos de la policía municipal.

“Vete de aquí cabrón, no estés fregando” le gritó Alfaro al ciudadano antes de que sus policías municipales lo detuvieran.

Al darse cuenta de que había un video de los hechos que circulaba en las redes sociales, Enrique Alfaro salió de nueva cuenta a culpar al PRI de haber enviado al vecino a provocarlo.

Éste y los incidentes anteriores merecen algunas reflexiones:

1. Las reacciones de Enrique Alfaro en contra de los vecinos que se quejan o que protestan en sus eventos públicos evidencian la actitud de un político que ha demostrado su incapacidad de aceptar que, así como hay gente que está de acuerdo con él, hay mucha gente que no está conforme con su forma de gobernar Guadalajara.

Cualquier gobernante y cualquier político debe entender y aceptar que no existen las unanimidades y que cualquier ciudadano tiene el derecho a estar de acuerdo o en desacuerdo en su forma de gobernar, y que ¡todos tienen el mismo derecho a expresar su forma de pensar!

2. Por muy bien que Alfaro crea que está gobernando bien y por muy grande que sea su ego, a estas alturas debería saber que las inconformidades y los inconformes existen, ¡y que tienen todo el derecho de existir y expresarse!

3. Tratar de descalificar, sin probarlo, a cualquier ciudadano que exprese en contra de su gobierno señalándolo como enviado de un partido político es una muestra de intolerancia y de megalomanía que sólo cabe en aquellos que se creen perfectos e infalibles; algo peligroso en un político y en un gobernante, porque pone en riesgo a cualquier ciudadano que no lo alaba o está con él.

4. Vamos más allá. Aún en el supuesto de que un vecino que asiste a un evento público del alcalde Enrique Alfaro sea militante o simpatizante de un partido político diferente al suyo, éste tiene todo el derecho a expresar sus inconformidades, sus quejas y sus puntos de vista.

Enrique Alfaro gobierna para todos los ciudadanos de Guadalajara, no nada más para los militantes y simpatizantes de su partido Movimiento Ciudadano, y tiene la obligación de escuchar, atender, rendir cuentas y aceptar las críticas de todos, porque todos pagan sus impuestos, no nada más los de MC, y todos tienen derecho a exigirle y reclamarle.

5. Vamos todavía más allá. De nueva cuenta, en el supuesto de que él crea que a sus eventos públicos asisten ciudadanos enviados con el fin de provocarlo, todos esperamos de un político, y sobre todo de un gobernante, la capacidad, la madurez, la estatura y la templanza para poder lidiar con eso y con más.

Enrique Alfaro asiste a todos sus eventos públicos custodiado por una amplia escolta, por policías municipales y por un grupo nutridos de funcionarios de su gobierno municipal como para que diga que se siente desprotegido, en desventaja o amenazado por un simple ciudadano que le reclama o le exige algo.

6. Esta intolerancia agresiva de Alfaro no es nueva: fue la misma que demostró cuando estuvo en el PRI y cuando fue alcalde de Tlajomulco por el PRD.

Han tenido que soportar sus agresiones ciudadanos y periodistas durante toda su carrera política.

El tema no es menor, ni es anecdótico ni se puede circunscribir a un tema de “estilo personal” de Alfaro como político, porque tiene que ver con las libertades y los derechos ciudadanos.

El derecho a la expresión es uno de los derechos sagrados de cualquier ciudadano y que toda sociedad debe defender con celo, porque la pérdida de este derecho deriva en el autoritarismo que muchas sociedades sufren hoy por haber sido condescendientes con quienes la restringen.

A ningún gobernante, a ningún político, a ningún partido y a ningún poderoso se le debe perdonar, solapar o permitir que limite la libertad de expresión de ningún ciudadano, sea o no su simpatizante, porque los ataques a las libertades son igual de peligrosas vengan de quien vengan.

Pago de impuestos

Además de la corrupción, la ineficiencia y el despilfarro del dinero público son vicios que se deben erradicar y combatir de manera permanente en los gobiernos.

El dinero que administran los gobernantes y los funcionarios públicos proviene de esfuerzo de muchos ciudadanos, quienes se desprenden de él con el deseo de que sean utilizados para lo que es y que sean bien aprovechados.

La corrupción hace que en parte ese deseo no se logre porque desvía parte de esos recursos a bolsillos indebidos y porque distorsiona su uso, al enfocarlo a asuntos no prioritarios ni importantes, pero que facilitan las corruptelas.

Pero el desperdicio de recursos que se logra con la ineficiencia y con el despilfarro es también cuantioso y no se resuelve con programitas temporales de “austeridad”, que son más mediáticos que reales.

El despilfarro se da todos los días en personal innecesario o ineficiente, en rentas de oficinas que no se justifican, en automóviles y gasolinas para usos personales, en empleados comisionados a tareas privadas, en derroches de energía eléctrica y papel, en impresiones que acaban en la basura, en viajes injustificados, en gastos de representación que deberían hacerse, entre muchos más.

El problema es que el dinero público es anónimo, o sea aparentemente de nadie, y por eso se despilfarra con desdén.

Pero hay otras maneras de derrochar el dinero de la gente. Obras, programas y acciones que no se evalúan para saber si cumplieron con los objetivos trazados; es decir, para comprobar si la inversión se justificó y si logró el objetivo que se deseaba.

A esto hay que agregar las obras innecesarias o de relumbrón, los gastos en festivales, conciertos y ferias en los que nada tendrían que estar gastando dinero público los gobiernos.

Por eso debemos impulsar una nueva cultura en la administración del dinero público, para que quienes lo administran lo consideren como algo sagrado, en la acepción que le da el diccionario de la lengua española de “digno de veneración y respeto”.

Los gobernantes y sus funcionarios de todos los niveles deben preguntarse antes de gastar cualquier peso de la gente:

1. Si realmente es necesario hacer ese gasto,

2. Si no existen ya recursos humanos y materiales que puedan aprovecharse antes de hacer ese nuevo gasto,

3. Si ese gasto tendrá realmente un impacto tangible en mejorar la calidad de vida de la gente o en hacer más eficiente al gobierno,

4. Cuándo y cómo se evaluará si el gasto o la inversión valió la pena, y

5. Qué acciones se tomarán en contra de quien haya hecho un uso ineficiente de los recursos públicos.

Sí, tanto la corrupción como la ineficiencia y el despilfarro son vicios que deben combatirse y erradicarse porque le generan un daño terrible a los esfuerzos de la gente para darle el dinero a los gobiernos para que resuelvan los problemas públicos.

Crear una nueva cultura, en la que el dinero de la gente se considere sagrado y en la que su uso ineficiente sea castigado, es un paso urgente para tener gobiernos mejores, más eficientes.

 

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El PRI tiene un gran problema que resolver en materia de comunicación política.

Tradicionalmente ha sido incapaz de generar una cultura eficiente para comunicarse con la ciudadanía, para recoger el sentir de la sociedad, para comunicar sus aciertos, para enfrentar con inteligencia sus desaciertos y hasta para comunicarse con sus militantes y simpatizantes.

Dicho con toda frialdad, el PRI mantiene una cultura de comunicación de los 80´s, de la que se utilizaba antes de la aparición de la internet.

No sólo como partido, también como gobierno el PRI mantiene una tradición añeja de comunicación que le impide transmitir eficientemente sus logros y enfrentar con eficacia a la oposición.

Al PRI le urge modernizarse en materia de comunicación porque ya va muy tarde.

Estas son algunas de las tareas urgentes que debe enfrentar el PRI para mejorar sus capacidades de comunicación y sus probabilidades de triunfo en las próximas elecciones:

1. Desarrollar una cultura de escucha permanente.

Escuchar sin filtros lo que la ciudadanía quiere y espera de un partido político y de los gobiernos surgidos de éste. Asumir esa información como un insumo permanente para generar propuestas y acciones que realmente estén a favor de la gente.

Escuchar a la sociedad es la herramienta más importante de la política, pero muchas veces la más desatendida.

Solamente así el partido estará constantemente en sintonía con los temas que realmente le preocupan y ocupan a la gente.

2. Abandonar la cultura de la “culpa colectiva”.

Un error histórico de los priistas ha sido el que todos asumen como propios los excesos que cometen aquellos que llegan al gobierno bajo sus siglas.

En el PRI debemos entender que quienes cometan actos de corrupción son quienes deben pagar por ellos y no todo el partido. Para ello los priistas debemos cambiar nuestra actitud ante ellos: no solapar ni justificar ningún acto de corrupción, señalar en su momento los excesos y ser los primeros en pedir que se les castigue.

Solamente así dejaremos de cargar con esa culpa colectiva y tendremos más autoridad moral para exigir el mismo castigo a los de otros partidos que también cometen actos de corrupción.

3. Practicar la autocrítica.

Revisar y aceptar con objetividad lo que se hace mal es fundamental para arreglarlo y para impulsar el desarrollo político.

En el PRI falta más diálogo abierto y franco, más autocrítica, más debate interno, sin que debatir se vea como una afrenta o como una actitud que pretende dinamitar a las dirigencias o a los gobiernos priistas. Ver la paja en el ojo ajeno pero sin dejar de ver la que está en el propio.

4. Modernizar la comunicación con los militantes.

La comunicación con la militancia también le exige al PRI ponerse al día. Prácticamente no existen vínculos directos ni de retroalimentación con los militantes. En el priismo se ha privilegiado que sean los “liderazgos” los que asuman esa labor, pero queda claro que no ha funcionado o que ni siquiera se ha hecho.

La militancia del PRI puede ser efectivamente el mejor activo del partido, pero sólo lo será si está eficientemente comunicada, si se le facilitan los medios para que exprese su opinión y sus propuestas y si se le capacita y se le dan los recursos para convertirse en un elemento fundamental de comunicación con la sociedad.

5. Modernizar la comunicación con la ciudadanía.

Sin duda este es el rubro en el que el PRI debe meter el acelerador ante el reto de las próximas elecciones.

El PRI se anquilosó en su comunicación con la sociedad. En muy buena parte esto explica la crisis de imagen que padece ante una parte importante de la sociedad.

No es exagerado decir que el PRI, en materia de comunicación, se quedó atrapado en los 80´s.

Ponerse al día no es tan difícil, pero se requieren estrategia, disciplina, recursos, involucrar a la militancia y perder el miedo a salir a dar la cara.

Los nuevos medios de comunicación, sobre todo las redes sociales, sólo funcionan si se entiende que no son unidireccionales y que su uso exige escuchar las opiniones de la gente, reconocer errores, defender los aciertos y debatir con argumentos. Es decir, dar la cara y dar el debate.

6. Impulsar una cultura del debate.

Debatir es uno de los instrumentos fundamentales de la política, pero por desgracia ha caído en desuso.

Para defender al partido, para demostrar que es mejor que los demás, para ayudar a los ciudadanos a distinguirlo de los otros y para convencer a los electores se requiere de militantes y simpatizantes con mejores capacidades de debate.

Cada militante y cada simpatizante debe ser un buen debatiente, pero para ello el partido debe estimular su capacitación y formación en el arte de debatir.

El rezago es grande y la tarea es mucha pero aún estamos a tiempo, con el concurso de todos, de ponernos al día para enfrentar las elecciones del 2018 con mejores habilidades de comunicación con la gente.

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En México no se debate. En nuestro país se descalifica, se ofende, se lanzan adjetivos y se huye de la confrontación de ideas y argumentos, pero no se debate.

Debatir significa confrontar ideas sobre un tema específico, exponer las propias, escuchar las del otro, presentar las objeciones sobre los argumentos de la otra parte y permitir al de enfrente contraargumentar. Lo que se busca en el debate es que ambas partes expongan sus ideas, las sustenten, permitan la exposición de las del otro, y que del intercambio de ambas la sociedad pueda sacar una conclusión más clara de las cosas.

Pero aquí confundimos debate con intercambio de descalificaciones y ofensas.

Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador, los dirigentes del PAN y de MoReNa son claros ejemplos de esto.

Si se revisan sus declaraciones y sus escasas confrontaciones con opositores encontramos un lugar común entre el panista y el morenista: adjetivos por montón, descalificaciones y la huída pronta del debate cuando se ven perdidos. Lo que no encontramos son ideas, argumentos que las sustenten ni propuestas claras que expongan una solución a los problemas.

Pero el falso debate no está sólo en el ámbito de la clase política, también se presenta entre la ciudadanía y la clase política, y entre ciudadanos con ciudadanos.

Basta ver las redes sociales para entender que la gran mayoría de los mexicanos confundimos descalificación y ofensas con debate.

El debate político, el de verdad, el de las ideas y argumentos, es fundamental para tener una democracia sana y funcional. Sin un debate político de altura no hay política de altura.

Pero elevar el debate nos corresponde a todos, no sólo a la clase política. Exigirnos y exigir cada día que la confrontación de posiciones y de proyectos políticos se de a base de ideas y argumentos en lugar de adjetivos y ofensas es uno de los instrumentos que nos llevará a tener mejores políticos, mejor política, mejores gobiernos y mejores ciudadanos.

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La salida de Margarita Zavala del PAN abre un enorme hueco electoral al PAN y al frente que este partido está en proceso de constituir con el PRD y el partido Movimiento Ciudadano (MC).

Zavala aparece por encima de cualquier candidato panista en las encuestas rumbo al 2018 y eso refleja la cantidad de votos que le puede quitar al PAN y al frente.

Pero esa resta importante se suma a las que ya han venido sufriendo el PAN y el PRD por las desastrosas dirigencias de Ricardo Anaya y Alejandra Barrales respectivamente. Ambos han antepuesto sus ambiciones personales a las de sus militancias.

El actual presidente nacional panista ha desplegado una dirigencia en la que la opinión contraria y el disenso no caben. Su intolerancia interna es del tamaño de sus ambiciones y del crecimiento inexplicable que ha tenido su patrimonio personal y familiar. Se ha convertido en el peor enemigo del PAN dentro del PAN.

Bajo el régimen autoritario de Ricardo Anaya el PAN es hoy un partido dividido, con una vida interna no democrática y con una militancia desencantada y de brazos cruzados.

El PRD no canta mal las rancheras con Alejandra Barrales. Hoy el “partido del sol azteca” vive el más grave de sus eclipses: desfondado por Andrés Manuel López Obrador, derrotado en la Ciudad de México, su principal bastión, por MoReNa y con corrientes internas que voltean con recelo al frente PAN-PRD-MC y con interés al movimiento de AMLO o de las vías independientes.

El caso de MC es diferente, pero también es un cascarón.

Aunque Movimiento Ciudadano tiene registro como partido nacional lo cierto es que, salvo en algunas regiones de Jalisco, prácticamente no existe, como lo demuestra su actual intención de voto nacional que ronda los 2.5 % en casi todas las encuestas.

De mantener la actual intención del voto MC podría perder su registro nacional en 2018.

Aún faltan muchos capítulos por escribirse de este intento de frente. Habrá que ver qué actitud toman otros aspirantes a la candidatura presidencial que en las filas del PAN y el PRD ven como sus dirigentes les ponen obstáculo tras obstáculo para imponer a Ricardo Anaya como candidato de esa coalición.

También falta por ver cuál será la actitud que asuman los militantes de calle del PAN y del PRD que siguen sin ver con buenos ojos como Anaya y Barrales tratan de juntar a fuerzas el agua y el aceite.

Las cosas no les están saliendo bien a Ricardo Anaya, Alejandra Barrales y Dante Delgado. Muestra de ello es que de unas semanas para acá se les borró la sonrisa.

200515b9b948ba8Un partido político debe tener claras y fuertes alianzas con una parte de la sociedad que coincida con sus planteamientos ideológicos y programáticos.

El pragmatismo de la búsqueda del poder por el poder acabó por hacer a los partidos perder su identidad y parecerse unos a otros. Por eso la actual crisis de los partidos en México.

El PRI, para mantener su actual base de militantes y simpatizantes, y para ampliarla, requiere urgentemente rehacer, pero de una manera moderna, sus alianzas sociales con los sectores que requieren de propuestas de gobierno acordes a la socialdemocracia que el partido enarbola o dice enarbolar.

¿Cuáles son esos sectores sociales?

Los trabajadores. Éstos deben seguir siendo una prioridad para el PRI. Aún hay mucho por hacer por y con los trabajadores.

La lucha por mejores salarios es una prioridad que se debe atender, sobre todo cuando se mantiene o amplía la brecha entre las utilidades de muchas empresas y los salarios de sus trabajadores o cuando los grandes empresarios nada o poco pagan de impuestos y la carga fiscal se va a las clases medias y trabajadoras.

Junto con esto debe asegurarse que un trabajador realmente pueda garantizar la alimentación, la educación, la salud y la vivienda de su familia sin tener que tener dos o tres empleos. Una adecuada política fiscal y de gasto social puede ayudar a asegurar estos derechos.

Esta nueva relación partido-trabajadores no necesita obligatoriamente pasar por las organizaciones sindicales, pero sí obliga al PRI a atenderla por las vías que sean necesarias.

Los productores del campo. Contrario a lo que se pensó por décadas, el campo mexicano no acabó por despoblarse y la producción agropecuaria ha vuelto a ser rentable gracias a la reconversión y a las nuevas condiciones de los mercados.

Pero los productores del campo, sobre todo los pequeños y medianos aún necesitan de apoyos, facilitarles el acceso a los mercados, mejores caminos y servicios eficientes de salud y educación.

El PRI debe renovar su relación con los productores del campo, atendiendo y construyendo los liderazgos de abajo hacia arriba, privilegiando a los verdaderos productores y no a los falsos liderazgos que surgen de la clase política de las zonas urbanas.

Los sectores populares urbanos. La basta población urbana que se autoemplea o que tiene su micro o pequeño negocio deben también ser atendidos por el partido a partir de sus liderazgos naturales y no de seudoliderazgos impuestos desde la clase política.

Es un grupos social amplio que requiere de políticas públicas muy precisas que les de acceso a la salud, a una buena educación para sus hijos y que logren que los gobiernos no se conviertan en un obstáculo para la permanencia y desarrollo de su actividad económica.

Los jóvenes. El PRI debe dejar de creer que el concepto de jóvenes se restringe al de los estudiantes universitarios y sus recién egresados. Si bien este grupo es muy importante y requiere políticas que les permitan obtener el mejor provecho de sus títulos y tener las oportunidades que se merecen, debemos entender que hay una capa aún mayor de jóvenes que no tuvieron acceso a la educación superior y que requieren atención especial.

Una enorme cantidad de jóvenes no están en las aulas universitarias, sino en las obras de construcción, como empleados del transporte, en los talleres y fábricas, como empleados de comercios o donde se puedan ganar la vida. Muchos de ellos ya tienen además obligaciones como padres de familia.

Es decir, la mayoría de los jóvenes están ya insertados en los tres grupos sociales antes enunciados.

A ellos debemos también darles mejores expectativas de vida, con programas y acciones concretas, no con meros discursos.

En conclusión, el PRI debe entender que cuando se intenta quedar bien con todos los sectores de la sociedad se acaba por no quedar bien con ninguno.

Rumbo al 2018 el PRI debe decidir con cuáles sectores de la sociedad quiere quedar bien y diseñar una propuesta que los beneficie, porque solamente reconstruyendo de una manera moderna esas alianzas volverá a tener una identidad y un sentido su acceso al gobierno.

Las experiencias nos enseñan, y lo que está pasando en las elecciones en todo el mundo también, que cuando un partido se define claramente por una posición política gana elecciones, y cuando es tibio y se recorre para “el centro” su posición en las urnas se debilita.

fullsizeoutput_7127El problema de la inseguridad pública no se resolverá solo ni se puede resolver haciendo lo que hasta hoy se ha hecho.

Revertir la tendencia actual y regresarle la tranquilidad a la gente requiere de tres aspectos fundamentales:

  1. Invertir más recursos humanos y materiales que la delincuencia,
  2. Contar con estrategias eficaces para enfrentar cada fenómeno delictivo, y
  3. Tener a las personas capaces, en número y habilidades, para ejecutar dichas estrategias.

El problema es que el tema de la inseguridad no es una prioridad presupuestal para la mayoría de quienes hoy nos gobiernan. Sus prioridades generalmente están en las obras públicas, sobre todo en las de relumbrón, porque son una vía para obtener ganancias ilegitimas y porque creen que con las últimas “pasarán a la historia”.

Es por eso que los presupuestos que se asignan a las instituciones de seguridad nunca coinciden con el tamaño del problema. También por ello cada gobernante que llega se dedica básicamente a “administrar” el problema para pasárselo al que venga. Y en este proceso nuestra seguridad se va deteriorando constantemente.

Por eso nos debe quedar claro que la única manera que tenemos de recuperar pronto nuestra tranquilidad es que los tres niveles de gobiernos incrementen de manera sustancial los presupuestos destinados a seguridad pública y persecución del delito y que este dinero se invierta en labores operativas, tecnología e inteligencia para la prevención y el combate de los delitos, no en burocracia y cargos administrativos.

Pero hablamos de mucho dinero, el suficiente para lograr que en cada rincón de nuestro territorio la gente vuelva a estar segura y tranquila, para que las acciones del delincuente común o de la delincuencia organizada encuentren una respuesta oportuna muy superior a su capacidad de hacer daño.

Sin duda los ciudadanos estaríamos de acuerdo en que los gobiernos hicieran recortes en algunos rubros si estos se destinaran de manera eficiente y transparente a combatir la inseguridad.

No hay de otra, o los gobiernos invierten lo que se necesita para recuperar nuestra seguridad o está se seguirá deteriorando y postergando.