Política

La estrategia de “abrazos no balazos” y su lógico fracaso

La estrategia de “abrazos, no balazos”, que es el eje de la política del presidente López Obrador para acabar con la violencia del crimen organizado y para pacificar a México tiene más probabilidades de fracasar que de ser un éxito.

Para empezar porque considera a la pobreza como el factor único del fenómeno del narcotráfico y de todas las actividades derivadas del crimen organizado: homicidios, tráfico de armas, trata de personas, extorsión, robo y despojo, secuestro y cobro de plaza.

Si bien en cierto que la pobreza es el importante motor y caldo de cultivo para el reclutamiento de personas que les sirvan a los capos de operadores y ejecutores de sus ilegales actividades, lo cierto es que el simple combate a las desigualdades socioeconómicas no es garantía de disminución de delitos y delincuentes, y con ellos de la violencia.

La impunidad.

No ser castigado por violar la ley es uno de los grandes promotores de la delincuencia. Cuando es posible robar, matar, transitar armado, secuestrar y extorsionar a otras personas con nulas o escasas probabilidades de ser castigado, la tentación de delinquir crece desproporcionadamente.

En México han crecido el delito organizado y el común porque las probabilidades de que el delincuente sea castigado son mínimas.

La impunidad ha permitido que en todo el territorio nacional los mexicanos no podamos vivir tranquilos y en paz, porque la tentación de vivir violando la ley es mayor que la de cumplirla. El estado le ha enviado a la sociedad constantemente el mensaje de que el delincuente lleva las de ganar porque difícilmente será castigado, primero por la incapacidad manifiesta de los gobiernos anteriores y hoy por decisión expresa del gobierno de López Obrador.

En busca del “sueño narco”.

A muchos de los pobres que se enrolan en las filas del crimen organizado no sólo los mueve salir de la pobreza y ayudar a sus familias, también los motiva una cultura de un estilo de vida que representa mucho más dinero del que se necesita para dejar de ser pobre: representa excesos, mujeres, poder, decidir sobre la libertad y la vida de otros y poder retar y vencer al Estado.

Esa cultura por desgracia está muy arraigada en México gracias a las historias que se cuentan de boca en boca, a las narcoseries, a los narcocorridos y al culto a la personalidad que se ha construido alrededor de los capos del narco.

Y una cultura tan arraigada como ésta no se elimina con becas, apoyos para plantar árboles o con un Tren Maya.

El resultado esperado.

Hasta ahora, a casi la mitad del sexenio de López Obrador, los resultados de la estrategia de “abrazos no balazos” está muy lejos de mostrar un mínimo indicio de que está funcionando, por lo contrario: las muertes y la violencia de los carteles aumenta, y con ella su reto cada vez más abierto al Estado mexicano.

El crecimiento territorial de los carteles nos da un indicio de que las becas y los programas sociales de la Cuarta Transformación no están deteniendo el reclutamiento de más jóvenes al narco, ni de que los que estaban desde antes estén desertando y deponiendo las armas.

Hasta ahora ninguno de los capos grandes, medianos o chicos ha anunciado que abandona la actividad gracias a las acciones del gobierno de López Obrador ni ha detenido la sangría, ni las matanzas ni los actos de terror que los mexicanos padecemos cada día.

La mano izquierda y la mano derecha.

Por supuesto que combatir la pobreza y lograr un mejor nivel de vida de la población traerán como consecuencia una disminución de la delincuencia.

Pero esto solo no basta por dos razones: una, porque está probado que aún en países con menos pobres sigue existiendo el crimen y el narcotráfico; y dos, porque la eliminación de la pobreza no es un asunto fácil ni de corto plazo, como ya lo está viendo este gobierno, al que le creció el número de pobres.

Una estrategia adecuada requiere la combinación de ambas políticas: por un lado extenderles la mano izquierda a los pobres con la mayor cantidad de apoyos que sea posible y con la mano derecha castigar a cualquiera que delinca para eliminar la motivación que representa la impunidad.

Ni una simple “guerra al narcotráfico” es la solución, como tampoco el simple “abrazos no balazos”.

México sólo se pacificará y los mexicanos lograremos vivir en paz y tranquilos cuando el Estado mexicano asuma íntegramente sus obligaciones de ayudar a más mexicanos a salir de la pobreza y la de castigar a cualquier persona que cometa cualquier delito.