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Con el albazo con el que se dio trámite a la designación de Claudia Ruiz Massieu como presidenta nacional del PRI, el partido perdió una gran oportunidad de enviarles un mensaje positivo a la sociedad y a su militancia.

Con la decisión única de Enrique Peña Nieto la hoy presidenta nacional del PRI se organizó a sí misma una elección sorpresiva y sin probabilidades reales de competencia, sabiendo que la sumisión de los miembros del Consejo Político Nacional estaba a sus órdenes para ratificar una decisión que no tomó la militancia.

Legalidad no implica legitimidad.

La propia Claudia Ruiz Massieu, los oradores que intervinieron en esa sesión y los consejeros nacionales que levantaron la mano, con esa mal entendida disciplina, deben saber que hay formas de hacer política, lenguajes verbales y no verbales y personajes que no sólo indignan a la mayoría de la sociedad, sino que también ofenden y lastiman a gran parte de la militancia.

Y es que no podemos dejar pasar que la mayoría de esos consejeros políticos nacionales son los mismos que en su momento votaron la designación de Enrique Ochoa, también por decisión unipersonal de Peña Nieto.

Como tampoco podemos olvidar que Claudia Ruiz Massieu fue parte fundamental del gobierno y de la dirigencia que llevó al PRI a la peor derrota de su historia.

Queda claro que hay una parte del priismo que no entiende ni entenderá lo que pasa en la sociedad ni lo que pasa en el PRI.

Son los mismos que hablan, en discursos huecos, de cambio pero en realidad nada quieren que cambie para seguirse beneficiando de lo que queda del partido.

Son los que repiten que “el PRI abandonó las causas de la sociedad”, pero que fueron los responsables del partido y de ese abandono.

Son los que dicen que el partido debe “abanderar las causas de la gente” pero son incapaces de decir cuáles son esas causas porque son los más alejados de la sociedad.

Y son los que dicen que el PRI debe volver a escuchar a su militancia pero en la primera oportunidad que tienen la ignoran y le pasan por encima.

Pero esto, lejos de ponernos en actitud de resignación y desaliento, debe movernos a los priistas que queremos un verdadero cambio en el PRI a redoblar esfuerzos, a identificar a aquellos que no quieren cambiar y a hacernos cargo de nuestro partido.

Los grandes cambios no son fáciles, pero tampoco son imposibles.

Quienes se resisten al cambio son los menos, pero son los que están en los cargos dirigentes, y son a los que hay que sustituir por priistas que sí entiendan la nueva realidad de la sociedad y del partido.

Aquellos que queremos un cambio verdadero y sincero somos los más. Sólo necesitamos organizarnos y luchar juntos para tener pronto el partido que queremos.